lundi 20 février 2012

EL CONDE DE RAOUSSET-BOULBON Y LA EXPEDICIÓN DE SONORA, CAPÍTULO IV

EL CONDE DE RAOUSSET-BOULBON Y LA EXPEDICIÓN DE SONORA



IV



El señor De Raousset volvió a París en mayo de 1850. En ese entonces no se hablaba de otra cosa sino de California, esta joven y salvaje comarca que bañaba sus pies de oro en los flujos del Pacífico de los que parecía haber salido de pronto, como para invitar la tierra entera a saludarla. Las primeras historias parecían de fábula y provocaban solamente sonrisas.

La asombrosa realidad finalmente se erigió más que nunca frente del mundo, Europa se apresuró a verter más allá de los mares un flujo de emigrantes de una moralidad discutible, pero de la que la mayoría se encontraba dotada de la audacia y de la inteligencia que constituyen las razas fuertes, si no más puras. Sin fortuna, después de varios reveses, el señor De Raousset no vaciló, y, como un nuevo argonauta, se embarcó para ir a la conquista del moderno vellocino de oro, el cual le daría el abrigo de la gloria solamente por un día... Lo que justificaría sus dos propios versos anteriormente citados:
Y cuando, sin aliento, al fin se acerca,
¡La Muerte llega, supremo futuro!

Teniendo solo recursos muy módicos, tomó un boleto de tercera clase a bordo de un steamer inglés, y Dios sabe lo que debió sufrir en esta circunstancia. Solo los que hicieron este viaje pueden hablar del mismo con conocimiento de causa. Nosotros callaremos los sufrimientos materiales que tuvo que aguantar; diremos solamente que esta degradación social, aunque provisional, debió parecerle muy dolorosa.

¡En medio de este tropel de aventureros sin fe ni ley, todos alterados por la sed del oro, sucios, groseros, rabiosos de egoísmo y de pobreza, qué no debió sufrir él, obligado a quedarse en la proa y a respetar el límite qué le prohibía los paseos en la parte trasera!... Estas contrariedades son intolerables en el mar, sobre todo para un caballero. He aquí la carta larga que le escribió a uno de sus amigos y que ya ha sido publicada:


“A bordo del Ecuador, el 22 de julio,
10 grados de latitud, 84 de longitud.

«Ecuador es un pequeño steamer que baila a esta hora sobre el gran oleaje del Pacífico. A pesar de estas condiciones detestables, voy a tratar de describir, mi querido amigo, las malas condiciones, en efecto, porque las plumas de hierro me persiguen hasta tus antípodas.
«Son las doce; el sol está en este momento perpendicular al puente del navío. El pasajero estupefacto busca vanamente su sombra; el oleaje es fuerte y mi perro aulla sobre la proa; ¡pobre animal! Como su dueño, él aspira a la libertad. ¡Buque singular! El pabellón es inglés, el capitán americano, la tripulación un poco de por todas partes. Por lo demás, anda bien, y si encontramos carbón en San Blas, sobre la costa de México, podremos estar dentro de veinticinco días en San Francisco.
«Solo a bordo, probablemente, pienso y escribo. Un centenar de pasajeros se revuelca, por acá y por allá, durmiendo y rezumándose, las únicas cosas que puede hacer un extranjero en estas tórridas regiones. Todo este mundo viene de los Estados Unidos, la mayoría son, de origen, españoles, alemanes o franceses. La sed del oro los arrastra a todos por el mismo camino, y California está al final. ¿Cuántos encontrarán allí la satisfacción de sus deseos? Y yo mismo, ¿cual suerte me espera al final de este viaje?
«¡Ciertamente sufrí ya bien, desde mi salida de Europa! Me vi en lo más bajo, apenas alimentado, nada acomodado, confundido con patanes: tengo que sufrir todavía veinticinco días esta existencia. Lejos de verlo mejorar, lo veo agravarse en California, sin embargo no me arrepiento, y me felicito de haber tomado esta resolución.
Hasta en medio de mi miseria actual, y más que nunca, siento que no puedo vivir en Francia, a menos que poseyera allí la independencia vigorosa de la fortuna. ¿La alcanzaré? Dios lo sabe. Yo apenas confío. Me encuentro naturalmente pensando en tu vida, mi querido E... Pobre amigo, ¿cómo haces para ser desdichado? ¡porque lo eres! ¿Qué te hace falta? en mis ojos, nada, ya que posees una buena parte de las cosas que deseo, y que solo depende de ti darte el resto.
Si a esta hora te movieras como yo, entre un montón de vagos, acorralado en un buque sofocante, con carne salada y agua execrable; ¡si estuvieras aquí, ¡de qué aureola encantadora parecería rodeada tu vida actual! Yo te lo decía en París, te lo repito hoy. Deja Francia con seis camisas y sin criados, hazte miserable, pero realmente miserable, durante un año o dos; viaja, da la vuelta al mundo, y cuando reencuentres a tu madre, París, no pensarás más en quejarte, estarás feliz.
«¡Pero, tonto de mí, te hago moralejas, te doy consejos como si esto sirviera para algo! Quieres que te hable más bien de mí y de lo que me rodea. Déjame maldecir esta execrable pluma de hierro y el buque que rueda, y te satisfago.

«Partí de Southampton el 17 de mayo, a bordo del Avon, soberbio steamer de 1,800 toneladas. Es seguro que los gozan de toda comodidad imaginable. El hecho es que ví vastos aprovisionamientos de corderos, de aves de corral y de verduras frescas; hasta una vaca iba a bordo; ¡pero, Oh desdichado E...! Yo tenía un boleto de marinero, y del Avon solo puedo hablarte de la carne salada y de los bizcochos.
Uno no se muere de eso, es todo lo que puedo decir. ¿Te imaginas lo que es encontrarse sin transición, como lo hice, en un círculo de marineros y de criados? La primera hora es la más cruel. Ciertamente no me faltaron buenas razones para apelar al estoicismo, pero para mí como para ti, la vida está hecha de sentimientos. Había a bordo una docena de franceses, un vizconde de buena ley, de Turena, creo, reaccionario fogoso, aunque nada falto de espíritu; un gentilhombre bretón, muy "Gaceta de Francia", un buen diablo y muy testarudo; un señor de Navailles, funcionario en Guadalupe, un hombre bueno, espiritual y sensato; dos bretones inofensivos, aunque capitanes de altura; un señor que, habiendo viajado mucho, se creía en la obligación de mostrarse muy reservado; un abarrotero de Burdeos, hablador como un loco; un señor Jocrisse, y finalmente el hermano de un banquero de California...
Estos señores quisieron reconocer bien, después de unos días de travesía, que yo podía tratar con ellos sin comprometerles a pesar de que era pasajero de tercera clase. Esta sociedad me permitió sentir que el tiempo corría más deprisa, aunque, como dignos galos hayamos berreado sobre política por tres cuartas partes de lo que duró la travesía.
«Yo debería, mi querido E, como buen viajero, hacerte una descripción detallada de la Madeira, con la vanguardia pintoresca de Porto Santo. Estos paisajes se sienten los amos; Salvator no los habría hecho mejores: crestas sombrías cuyas siluetas intrépidas cortan el cielo; peñascos calcinados que rebanan el índigo de vacíos; horizonte blanco, cielo de fuego, todo esto, mi amigo, habría valido la pena que lo cargara en su paleta; pero sueño que escribo sobre un puente que tiembla, y que mi amistad hacia ti es la única fuerza que me impide romper el atroz pico de hierro que tengo entre mis dedos; ¡vaya manera de ser pintor y poeta en estas condiciones!
«El abarrotero bordelés se me unió en el puente, de frente a esta isla, hermana de las Islas Afortunadas, y me informó que Madeira producía un vino muy estimado; le agradecí la información, y le aseguré que verificaría su exactitud después de nuestra llegada a tierra. Aunque era pasajero proletario, reconozco que no falté allí. Murió a bordo un mayor inglés que iba a Jamaica; muerte por aguardiente, como conviene a un mayor inglés. El aguardiente lo condujo al delirium tremens y de allí al tétanos. Sabes cómo se entierra a bordo. El muerto cosido en un saco es echado al agua. Es bastante triste.
«El 3 de junio, pasamos el trópico; esperaba alguna de estas ceremonias que hacían la alegría de los viejos navegantes; pero el buen Trópico no descendió por el gran mástil, no recibimos su bautismo. El paso del trópico dio lugar solo a esta broma hacia Jocrisse, el pasajero; le mostramos la línea del trópico en un anteojo, y él estaba convencido de haberla visto. Y eso fue todo. La ciencia viene, la poesía se va, el positivismo falso sustituye a la vieja alegría de nuestros padres.

«El 7 de junio echamos ancla en Barbados. Finalmente, aparece ante nosotros la población negra en toda su profusión. El europeo desaparece, el mulato ocupa aquí la altura de la pirámide. Por la tarde, tuvimos un baile de mujeres de color, un baile muy descotado, como bien piensas. Las mulatas saltaban con los sonidos del pífano gratamente acompañado por el pandero y por el violín; casi olvido mencionar un bajón que no hacía, a mi fe, un mal efecto.
Yo esperaba ver la bamboula, el verdadero baile que conviene a estos salvajes, y encontré solo la contradanza importada por los ingleses y los vestidos con volantes. No hay colonia inglesa donde el negro no procura parecer inglés; te dejo a pensar qué caricatura puede ser una negra en sombrero rosa, ataviada con un vestido de tres volantes. En suma, pasamos muy gratamente dos días en Barbados. La isla es pequeña, pero muy vívida, muy cultivada, muy floreciente.

«De Barbados a Saint-Thomas, vamos casi siempre a lo largo de las Antillas hacia la derecha. El mar es tranquilo, el cielo constantemente tempestuoso. Contrario a su reputación, en ninguna parte el mar de los trópicos alcanza la limpidez de los parages de África.
«El día 11, llegamos a Saint-Thomas, bello puerto cuyo aduanero fue desterrado. Allí, querido amigo, compré redes, precaución que tomé en caso de verme obligado a ganarme la vida en San Francisco. Me haré pescador. ¡Pescador, vendedor de pescados, qué suerte!

«Tengo ganas de desgarrar esta carta, y esperar a que resucite para escribirte. "Pescador..." Es muy  bonito soñar a la sombra y en lo fresco, tomando el té... Pero... ¡Vamos! ¡Con coraje y adelante! ¡Cuánta filosofía hago a partir de estas redes! Filosofía, moral, razón: ¡han llegado ustedes muy tarde!
«Después de Saint-Thomas, Puerto Rico, un país como nunca has visto, un panorama como de sueños, un marco en el cual parece que la vida debe estar hecha de oro, de luz y de amor. Imaginación, facultad dulce y cruel a la vez, ¿por qué me hablas de amor, de luz y de oro? El Atlántico rueda pesadamente; los estadounidenses, mis compañeros, dejan ver solo caras siniestras; ¡tengo la cabeza aturdida, y mi bolsa está casi vacía!
«El 14 de junio, Santo Domingo, la tierra baja, la vegetación apagada; el día siguiente la tierra se acerca, se eleva, reverdece y toma color: he aquí nuestra bella colonia perdida, cuyas revoluciones hicieron el imperio ridículo de Soulouque. No habiendo visto a Su Majestad, ni al duque de Trou-Bonbon, ni al barón de Petit-Trou, ni al príncipe de Mermelada, ni al marqués de Bacalao; no puedo hablarte de eso sin exponerme a inexactitudes graves. ¡En cuanto a su país, es, por desgracia, más bello que Provenza!
«Dejamos Jamaica el día 20; es la última de las Antillas que veremos: tierras benditas donde el hombre debería refinar la vida, y donde solo se refina el azúcar. Es una pena ver este paraíso terrestre tan afligido. Aquí, cambiamos de buque; estamos a bordo del Dee, otro buque inglés que va a llevarnos a Chagres. Estuve a punto de ahogar mi equipaje yendo a bordo. Juzga mi angustia: mis ahorros estaban en mi maleta. Desde ese día, los llevo con cariño alrededor de mi cinturón.
«¡Santa Marta! Finalmente estamos aquí, en la verdadera América, la América española. Ruinas, mendigos, una raza bastarda, una mezcla arriesgada de todas las sangres, perezosos que picotean la guitarra, mujeres en los balcones, pequeños niños salvajes errantes y muy desnudos, que se confunden con los perros; de vez en cuando un monje, un Basilio de cara plana; ningún buque, ni una sola barca en el puerto, y todo esto en un país admirable: he aquí la América española tal como las revoluciones la hicieron. Después de Santa Marta pasamos a Cartagena y desembarcamos en Chagres. Es en los alrededores de esta ciudad que desembarcó Pizarro. ¿Qué haría Pizarro hoy?

«Aquí, mi amigo, el viaje comienza a hacerse pintoresco. Tomamos el río Chagres para atravesar el istmo, pero no parece que el viajero toma  posesión de estas riberas que siguen tal como Dios las hizo.
«Hasta el coche de Auxerre a Joigny se vería extraño en los meandros de este río raro. Yo me he acostado en una de estas piraguas en las que los viajeros nos cuentan maravillas, talladas de un árbol, conducidas al remo por tres salvajes totalmente desnudos. De vez en cuando, con mi fusil, me divierto en dispararle a alguna garza que pasa; el eco del río se despierta, bandadas de loros despegan gritando.
«No te imagines Chagres como una ciudad. Un viejo fuerte a la entrada del río se esconde bajo un abrigo de verdor; unos mendigos mestizos representan la guarnición; sobre la orilla derecha, chozas de cañas se hacen pasar por ciudad; es verdad que enfrente de este antigualla española, la bandera constelada de la joven América flota sobre casas de madera de un aspecto más moderno; esta es la conquista pacífica de la industria; España y los Estados Unidos están allí de costa en costa, pero los primeros viven y los segundos duermen para no despertarse jamás.

«El río de Chagres es de un esplendor monótono. Caminamos entre dos cortinas de verdor; gigantescos árboles, arbustos de especies innumerables, plantas raras, lianas sin fin se zambullen en sus aguas verdes; loros revolotean gritando en esta frondosidad tan abigarrada como ellos; los monos escalan los cocoteros, las serpientes se mecen y se funden con las lianas; los caimanes juegan en el limo del río. Esto, mi amigo, vale tanto como el Durance y Beuvron; ¡pero feliz aquel que no cede a la tentación de dejar sus riberas pacíficas!
«Nuestros salvajes tienen remaron hasta las diez de la noche; un pueblo marca esta estación. Pasé la noche en la barca; mis compañeros de camino, más delicados, fueron a acostarse sobre una piel de vaca con el suelo como colchón y una piedra como almohada.
«Tomé un chocolate excelente en uno de estos pueblos, y, tanto mejor, me fue servido por una de las criaturas más bellas que haya visto en mi vida; una mujer color terracota con cabellos crespos; ¡pero qué líneas! ¡qué colores y qué hombros! Esos hombros bienaventurados están siempre desnudos; ninguna especie de corsé encarcela su garganta, la garganta soberbia que a menudo descubren las ondulaciones de un vestido mal atado. De todo lo que ví, desde mi salida, estos hombros son una de las bellezas menos incontestables y más curiosas. Tuve oportunidad de convencerme totalmente de eso en vísperas del día de mi salida, en el baile, en la alcaldía de Cruces. Aquí, finalmente, encontré lo que esperaba en los bailes del país. La graciosa España dejó sobre estos salvajes su sello como el rey de Albión impone el suyo a sus negros.

«Saliendo de este baile, encontré en plena calle una mesa de juego tendida por estadounidenses, una ruleta. Los mulateros, los barqueros venían a ella para perder los dólares que sacaban de los viajeros; comencé por indignarme y acabé por perder seis piastras.

«Salgamos de Cruces, atravesemos el istmo sobre los lomos de una mula y vayamos a Panamá. Pero antes de llegar allá, quiero contarte el encuentro que hice en este istmo que, como dicen los periódicos, está infestado de bandoleros. Caminábamos, escoltando nuestras mulas, en esa ruta estrecha y sombría, con nuestras carabinas al puño, el ojo al acecho. Delante de nosotros un obstáculo se había formado, mulas y arrieros se peleaban círculo; nosotros nos pusimos cada vez más en guardia y seguimos avanzando. Había una veintena de mulos cargados cada uno de dos cajas de mediocre apariencia, cinco o seis hombres del país andaban detrás, y con emoción en la voz y en el gesto les pregunté —¿qué llevan ahí? —Oro, me respondieron, como si me hubieran dicho "cobre". —Cada mulo llevaba doscientas libras; haz la cuenta.
«Estas fortunas, estas diez fortunas estaban allí, sin escolta, en medio de una selva virgen. Miré mi carabina con un aire vergonzoso. Los habitantes del país deben tener una dosis fuerte de gravedad española para no reírse del atavío guerrero de los extranjeros que pasan. —Tengo decididamente mucho mérito en escribirte a pesar de esta pluma de hierro.
«Panamá está repleto de viajeros; un único steamer estaba a punto de salir, e imagina tú, para hacerte una idea de la confusión general, que el abarrotero bordelés pagó 425 dólares por un boleto de tercera clase cuyo precio es de 150 en la oficina. Llegué a Panamá el 25, creo, y solo irme de allí el 20 del mes siguiente. Finalmente, voy en camino y después de cuatro veces veinticuatro horas, y dentro de quince o veinte días, probablemente, saludaré a California.
«Panamá nos dio un sabor anticipado del país. He aquí lo que es un hotel en esta ciudad. Imagina una gran casa de madera ocupada por hileras de muebles flexibles sin paños, sin cubiertas, sin colchones. Estos muebles flexibles, uno los pone si puede. El propietario de la Mansion-House, mejor avisado, hizo construir las cabañas sobrepuestas alrededor de sus habitaciones, desde donde se le insinúa el viajero.

«Sillas, mesas y orinales están aquí unos muebles desconocidos. Viví quince días de esta manera, cuidadoso de mis asuntos, como tu me conoces, y, aunque anduviera en compañía de gente que, ciertamente no acababa de salir de hacer su primera comunión, no me robaron nada. Este lodging, mi querido, cuesta un dólar al día...
«En cuanto a Panamá, la ciudad de los monjes, iglesias, conventos, murallas, todo está en ruinas. Toda institución, por muy buena que sea, perece por el abuso; esto es aplicable sobre todo a los monjes españoles. Edificios arruinados, murallas, iglesias, conventos, cañones abandonados, la población que duerme; aquí se está como en España.

«Aquí sobre todo es aparente la invasión del Norte; todos los letreros están en inglés, las calles están llenas de yanquis graves, sucios y óseos. al francés se le reconoce por la barba; al español porque tiene algo de monacal en sus pasos; el alemán es ampliamente representado en todas las variedades de la gran familia germánica; todas las modificaciones del negro, desde el del Congo hasta el mulato blanco; el indio nativo y el indio cruzado de español, cruzamiento que produce plásticamente una de las razas más bellas; el chileno de cabellos largos y la mirada dulce. No acabaría, mi querido amigo, si te enumerara todo lo que se encuentra en las calles de Panamá. Pero lo que la mirada se complace en buscar, son los hombros espléndidos de las mujeres amarillas de este bello país; cuando digo amarillas, es porque que sufro involuntariamente la influencia de un recuerdo, porque del blanco europeo al negro de Guinea, todos los colores se encuentran entre los indígenas.
«Tenemos a bordo a varios estadounidenses que regresan a California: uno informó a Nueva York 20,000 piastras recogidas en las minas en cuatro meses; otro cosechó por lo menos 13,000 piastras de oro en once meses. Uno de estos ofrecía hoy a un capitán de buque 20 dólares al día, si quería trabajar para él en las minas. Esta gente me dio detalles de costumbres que son la cosa más deseable del mundo. El juego, en California, es un furor, pero un furor y un desenfreno magníficos. Hablamos de mesas de juego en las cuales el banquero expone un millón de dólares, y se encuentra alguien que ponga para hacer el banco. Adiós, yo mismo voy a verificar todo esto. Pasamos por una catarata, ¿llegaré vivo o ahogado?

«G. DE RAOUSSET-BOULBON. »

El señor De Raousset dejó a M. de P... en Panamá, este último contó que abrió una tienda de comestibles; muchas veces el señor De Raousset nos habló de esta parada en su ruta a California, no sin reírse. Desembarcó en San Francisco el 22 de agosto de 1850.